Miedos infantiles: cuándo son normales y cuándo preocuparse
La oscuridad, los perros, quedarse sin vosotros. Casi todos los miedos de la infancia son evolutivos y se van solos. Te contamos cómo acompañarlos en casa y qué señales indican que conviene consultar.
Guía para familias del equipo de Clínica Lazos.
Son las diez de la noche. Cuento leído, beso dado, luz apagada. Y a los cinco minutos, la vocecita: «Mamá, ¿puedes dejar la puerta abierta? Es que hay algo en el armario». Volvéis, miráis juntos, no hay nada. Y mañana, lo mismo. Quizá en vuestra casa el miedo no es el armario, sino los perros del parque, la tormenta o quedarse en un cumpleaños sin vosotros. Cada familia tiene el suyo, y casi todas se hacen la misma pregunta: ¿esto es normal o deberíamos preocuparnos?
Por qué los niños tienen miedo (y por qué está bien)
El miedo es una emoción tan útil como la alegría o el enfado: avisa de un posible peligro y nos prepara para protegernos. En la infancia, además, los miedos cambian a medida que el niño crece y entiende más del mundo. Los miedos evolutivos aparecen, cumplen su función y se van solos conforme el niño acumula experiencias que le demuestran que puede con ellos.
A grandes rasgos, suelen seguir un orden parecido:
- Bebés y primeros años: ruidos fuertes, desconocidos y, sobre todo, separarse de sus figuras de apego.
- Entre los 3 y los 6 años: la edad de la imaginación. Oscuridad, monstruos, máscaras, animales grandes. Todavía no distingue del todo lo real de lo imaginado.
- En primaria: miedos más concretos: hacerse daño, las tormentas, que les pase algo a sus padres, los exámenes.
- Preadolescencia: el foco se desplaza a lo social: hacer el ridículo, no encajar, fracasar delante de los demás.
Lo recordaba hace unos días el pediatra Eduardo Junco en una entrevista en Hola.com: los miedos forman parte del desarrollo y, tratados con calma, desaparecen con el tiempo.
Lo que no suele funcionar
Con la mejor intención, las familias solemos caer en dos extremos que alargan el miedo en lugar de acortarlo:
- Quitarle importancia: «Eso son tonterías», «ya eres mayor para tener miedo». El niño se siente solo con su miedo y aprende que no debe contarlo.
- Sobreprotegerle: evitar todo lo que le asusta, dormir con él cada noche que lo pide, cancelar la excursión. Cada vez que evita lo que teme, el alivio es inmediato, pero el mensaje que le queda es «no eres capaz».
Tampoco ayudan las mentiras piadosas («los perros nunca muerden») ni forzarle a enfrentarse de golpe a lo que le asusta. Ni negar el miedo ni rendirse a él: acompañarlo.
Seis claves para acompañar los miedos en casa
- Valida sin dramatizar. «Entiendo que la oscuridad te da miedo, a muchos niños les pasa» calma más que cualquier explicación. Nombrar la emoción ya la hace más pequeña. Después, transmite con tu propia calma que la situación es segura.
- Escucha antes de tranquilizar. Pregunta qué es exactamente lo que le asusta. A veces el «monstruo» viene de una escena de una película, de algo que ha oído en el colegio o de una preocupación que no sabe poner en palabras.
- Ve paso a paso. Si le asustan los perros, empezad viéndolos de lejos, luego con uno tranquilo atado, luego acariciándolo con tu mano sobre la suya. El miedo se supera con aproximaciones pequeñas y repetidas, no con un gran salto.
- Dale herramientas, no solo compañía. Una luz tenue, un peluche «guardián», una respiración lenta practicada de día, una frase para decirse a sí mismo («ya lo he hecho otras veces»). Que sienta que él tiene recursos, no solo que vosotros estáis cerca.
- Reconoce cada logro. Cuando duerma con la puerta un poco más cerrada o entre por fin en la piscina, díselo: «Has tenido miedo y lo has hecho igual. Eso es ser valiente». Celebrad el esfuerzo, no solo el resultado.
- Cuida lo que ve y lo que oye. Noticias, series o vídeos que no son para su edad y conversaciones de adultos sobre enfermedades o accidentes alimentan miedos que luego no sabe de dónde vienen. Eso no es sobreproteger: es filtrar por edad.
Los miedos suelen intensificarse en épocas de cambio (colegio nuevo, un hermano, una mudanza). Si el inicio de curso ha traído más miedos de lo habitual, os puede ayudar también nuestro artículo sobre los nervios de la vuelta al cole.
Cuándo pedir ayuda
La mayoría de los miedos se resuelven en casa con tiempo y paciencia. Pero hay señales de que el miedo ha dejado de ser evolutivo y conviene consultar:
- El miedo no corresponde a la edad o dura mucho más de lo esperado (un miedo a la oscuridad tan intenso a los 10 años como a los 4).
- Interfiere con su vida diaria: deja de ir a cumpleaños, excursiones o actividades, o el sueño de toda la familia lleva semanas alterado.
- La reacción es desproporcionada: se bloquea, tiembla, le cuesta respirar o tiene dolores de tripa o de cabeza ante situaciones cotidianas.
- El miedo se extiende: empezó con los perros y ahora son todos los animales, después la calle, después salir de casa.
- Pide constantemente que le tranquilicéis, repite las mismas preguntas y la respuesta solo le calma unos minutos.
- Como familia sentís que habéis probado de todo y estáis cada vez más desbordados.
Pedir ayuda no significa que el niño «tenga un problema»: significa aprender juntos a afrontarlo antes de que el miedo crezca.
En Lazos
En Clínica Lazos acompañamos a niños y adolescentes de Toledo, Illescas y la comarca de La Sagra que llegan con miedos que se les han hecho demasiado grandes. En el servicio de psicología infanto-juvenil miramos primero qué hay detrás del miedo y trabajamos con el niño a su ritmo, con juego y aproximaciones graduales, siempre de la mano de la familia. Y en la escuela de padres os damos pautas concretas para acompañar en casa sin caer en los dos extremos de siempre. También podemos veros por terapia online.
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