Día Mundial de la Salud Mental: cómo cuidar la de tus hijos desde casa
El 10 de octubre es una buena excusa para mirar cómo estamos en casa. Seis claves cotidianas para cuidar el bienestar emocional de niños y adolescentes.
Y las señales que indican cuándo conviene pedir ayuda.
Es jueves por la tarde. Tu hija de catorce años lleva un rato en su habitación con la puerta cerrada, y cuando sale a cenar responde con monosílabos. Le preguntas qué tal el día y te dice que «bien». Tu hijo pequeño, en cambio, lleva dos semanas pidiendo que te quedes un poco más a su lado al apagar la luz. Ninguna de las dos cosas es una alarma, pero las dos te dejan la misma pregunta rondando: ¿cómo sé si mis hijos están bien por dentro?
Cada 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental, y este año la Confederación Salud Mental España ha elegido por votación popular el lema «Haz match con tu salud mental», con la mirada puesta en la gente joven. Es una buena excusa para pararse a mirar cómo estamos en casa, sin esperar a que algo vaya mal.
Por qué la salud mental también se cuida en casa
Cuando hablamos de salud mental en la infancia y la adolescencia no hablamos de diagnósticos ni de problemas graves. Hablamos de algo mucho más cotidiano: de cómo un niño aprende a reconocer lo que siente, a recuperarse de un mal día y a confiar en que en casa hay alguien que le escucha. Esa base se construye a diario, en los ratos pequeños.
En la infancia, las emociones se viven con intensidad y con poca capacidad para ponerles palabras; en la adolescencia, el cuerpo cambia, la pandilla pasa a ser el centro del mundo y la necesidad de intimidad crece. Que tu hijo adolescente se encierre en su cuarto no es, por sí solo, una señal de que algo va mal: forma parte de cómo construye su identidad. Lo que marca la diferencia es que, cuando lo necesite, sepa que la puerta de los padres sigue abierta.
Lo que no suele funcionar
Con la mejor intención, muchas familias caen en tres trampas. La primera es interrogar: «¿qué te pasa?, ¿te ha hecho algo alguien?, ¿por qué no me lo cuentas?». Cuantas más preguntas seguidas, más se cierra la puerta. La segunda es quitar importancia: «eso no es nada», «a tu edad yo tenía problemas de verdad». El niño aprende que lo que siente no cuenta y deja de contarlo. La tercera es convertir cada conversación en una lección, con moraleja incluida. Escuchar no es lo mismo que aconsejar.
Seis claves para cuidar la salud mental de tus hijos en el día a día
- Pon nombre a las emociones, también a las tuyas. «Hoy vengo cansada y con poca paciencia» enseña más que cualquier charla. Los niños aprenden viendo a sus padres hacerlo con naturalidad.
- Busca el momento lateral. Las conversaciones importantes rara vez ocurren cara a cara en la mesa. Surgen en el coche, paseando, cocinando o cuando ya se ha apagado la luz. Aprovecha esos ratos en los que no hay que sostener la mirada.
- Pregunta por lo concreto. En lugar de «¿qué tal el día?», prueba con «¿qué ha sido lo mejor y lo peor de hoy?» o «¿con quién has estado en el recreo?». Las preguntas pequeñas abren puertas que las grandes cierran.
- Cuida las rutinas que sostienen. Dormir lo suficiente, moverse, comer en familia alguna vez al día y tener tiempo sin pantallas son el suelo sobre el que se apoya el bienestar emocional, a cualquier edad.
- Valida antes de resolver. «Entiendo que te hayas sentido fatal» va antes que «lo que tienes que hacer es…». Un hijo que se siente comprendido escucha; uno que se siente corregido se defiende.
- Normaliza pedir ayuda. Si en casa se habla de ir al psicólogo igual que de ir al dentista, tu hijo no vivirá como un fracaso necesitarlo algún día.
Cuándo pedir ayuda
La mayoría de los altibajos de la infancia y la adolescencia se resuelven con tiempo, compañía y un entorno estable. Pero hay señales que merecen una consulta, sobre todo cuando se mantienen más de unas semanas o aparecen varias a la vez:
- Cambios marcados en el sueño o el apetito que no se explican por otra cosa.
- Pérdida de interés por actividades o amigos que antes disfrutaba, o aislamiento que va a más.
- Irritabilidad, tristeza o llanto frecuentes que no remiten, o una preocupación constante que le impide hacer vida normal.
- Bajada repentina del rendimiento escolar, negativa a ir al colegio o al instituto, o quejas físicas repetidas (dolor de tripa, de cabeza) sin causa aparente.
- Cualquier comentario sobre no querer seguir, sobre hacerse daño o sobre que todo le da igual. Ante esto, no hay que esperar: se consulta cuanto antes.
Pedir ayuda no significa que hayas fallado como madre o padre: significa que has estado atento. En la adolescencia, además, a veces es más fácil hablar con alguien de fuera que con la propia familia, y eso no es un rechazo.
En Lazos
En Clínica Lazos acompañamos a niños y adolescentes desde nuestras sedes de Toledo e Illescas, y también online, trabajando siempre de la mano de la familia: primero entendemos qué está pasando y después decidimos juntos cómo abordarlo. Si lo que buscas es afinar la forma de hablar y poner límites en casa, nuestra Escuela de Padres está pensada precisamente para eso. Y si lo que te preocupa ahora mismo son los nervios que no se van con el curso ya empezado, quizá te ayude este artículo sobre qué hacer cuando la ansiedad de la vuelta al cole se alarga.
Este 10 de octubre, hacer match con la salud mental de tu familia puede ser algo tan sencillo como cenar sin móviles y preguntar qué ha sido lo mejor del día. Lo demás, si hace falta, se construye paso a paso.
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